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26 de agosto de 2026

El directo bate récords y las salas cierran: los números de una contradicción

Fachada de la mítica sala madrileña Gruta 77.

807 millones de euros de facturación. Y Gruta 77 bajando la persiana después de 5.100 conciertos. Las dos cosas son verdad a la vez, y ahí está el problema.

Primero, la buena noticia

La música en directo en España no está en crisis. Está en máximos.

Según el Anuario de la Música en Vivo 2026 de la Asociación de Promotores Musicales (APM), la venta de entradas alcanzó los 807,2 millones de euros en 2025, un 11,24 % más que el año anterior. Es el cuarto récord histórico consecutivo. Y si miras con perspectiva, el dato es aún más llamativo: la facturación del directo se ha cuadruplicado en la última década.

El público responde. Un 32,1 % de los españoles fue a un concierto en el último año, según la Encuesta de Hábitos y Prácticas Culturales del Ministerio de Cultura, y algo más de un tercio de ellos lo hizo dentro de un festival.

Nunca se había movido tanto dinero alrededor de la música en directo en este país.

Ahora, la otra

Y sin embargo, las salas cierran.

En junio de 2026, Madrid en Vivo —la asociación de salas de conciertos de Madrid— publicó un comunicado difícil de leer del tirón. En los últimos cinco años han bajado la persiana El Junco, Caracol, Casa Patas, Marula, Rock Palace, Bogui Jazz, Segundo Jazz, El Plaza o BarCo, entre otras. A esa lista se suma el cierre de Gruta 77 y los apuros de un clásico como el Café Central.

Gruta 77 cierra en diciembre tras 26 años y más de 5.100 eventos programados. Sala y locales de ensayo. Aforo de 300 personas. Veintiséis años levantando la persiana casi todos los días para que alguien pudiera subirse a un escenario.

Su director general lo resumía así: programar conciertos hoy no es una fuente de beneficios, es una apuesta arriesgada y romántica.

Qué está pasando exactamente

[NOTA PARA EL EQUIPO — imagen sugerida: una gráfica sencilla: facturación del directo vs. número de salas, mismos años — sustituir por la imagen o borrar esta línea antes de publicar]

El estudio de Vanesa Gevers sobre el cierre de las salas de Madrid, publicado en Teseopress, pone números al patrón:

Hay un matiz importante en ese estudio y conviene no pasarlo por alto: el 72 % de las salas cerradas ha reabierto. Pero rara vez como lo que era. Reabren como coctelerías con música de fondo, restaurantes con ambientación, locales de eventos o discotecas que programan algún concierto suelto. El local sigue ahí. La sala, no.

En Barcelona, Sidecar cerró en 2024 tras 41 años en la plaza Reial. Su propietario habló abiertamente de gentrificación y de vecinos expulsados de su propio barrio. Hoy el local funciona como coctelería arriba y sala abajo, con otro nombre.

No es solo España

Esto es lo que más nos preocupa: el patrón se repite por toda Europa.

En Reino Unido, el Music Venue Trust contabilizó 30 salas de base cerradas definitivamente en un solo año, y otras 48 que dejaron de programar conciertos. El resultado: 175 ciudades británicas, unos 25 millones de personas, ya no reciben giras profesionales con regularidad. De las que aguantan, el 53,8 % no tuvo ningún beneficio y el margen medio del sector es del 2,5 %. Más de 6.000 empleos perdidos en un año.

A escala continental, la red Live DMA —que agrupa asociaciones de salas de dieciséis países— lleva años señalando lo mismo: presión inmobiliaria, turismo, especulación, costes disparados y salas empujadas fuera del centro de las ciudades. En mayo de 2026 advertía de algo más de fondo: no son problemas aislados, es un debilitamiento sistémico del ecosistema europeo de música en directo.

Entonces, ¿dónde está el dinero?

Esta es la pregunta.

El dinero existe: 807 millones solo en taquilla. Lo que ocurre es cómo se reparte. El público tiene un presupuesto de ocio limitado, y cuando dos entradas de macroevento a precios cada vez más altos se lo comen entero, lo que se queda fuera es la programación de cercanía. La sala de al lado de tu casa, que no ha dejado de programar ni un mes, se vacía frente a eventos que absorben toda la atención mediática.

Y aquí queremos ser muy claros, porque nos van a malinterpretar si no lo decimos:

No estamos en contra de los conciertos grandes. Ni de los festivales. Ni de las bandas que llenan estadios. Todos ellos ayudan a la música cuando se hacen bien: con respeto hacia los artistas, hacia el público, hacia los precios y hacia las oportunidades. Crecer no es sinónimo de malo.

Estamos en contra de quien se aprovecha y limita. De los fees que convierten una entrada de 25 euros en una de 40. De obligar a una banda a vender un mínimo de entradas o tocar gratis. De explotar a grupos a cambio de promesas y «oportunidades».

Y una parte del problema es más sencilla de lo que parece

Hay causas estructurales que no vamos a resolver nosotros: alquileres, normativa de aforos, fiscalidad, ayudas públicas. Eso requiere administraciones y voluntad política.

Pero hay una parte que es pura falta de información. Cada noche, en tu ciudad, hay conciertos a quince minutos de tu casa de los que no te vas a enterar. No porque sean malos, sino porque una sala pequeña y una banda emergente no tienen presupuesto de promoción para competir con la maquinaria de un macroevento.

Ese hueco sí se puede tapar. Es literalmente para lo que existe Gigbusters: un radar que te enseña qué hay tocando cerca de ti esta noche, para que la decisión sea tuya y no de quien más puede pagar por aparecer delante de tus ojos.

No arregla los alquileres. Pero llenar una sala un martes cambia bastante las cuentas de esa sala.

Fuentes: Anuario de la Música en Vivo 2026 (APM) · Comunicado de Madrid en Vivo, junio de 2026 · El cierre de las salas de Madrid. Impacto del mercado inmobiliario, Vanesa Gevers (Teseopress) · Music Venue Trust, Annual Report 2025 · Live DMA · Encuesta de Hábitos y Prácticas Culturales, Ministerio de Cultura. Crédito de la imagen: Alberto R. Roldán / La Razón

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